El movimiento comunista tiene un legado del que sentirse orgulloso en lo que respecta a la lucha contra la opresión, vinculando esta lucha a la batalla contra la sociedad de clases misma. Esta es la tradición sobre la que se fundó el Día Internacional de la Mujer Trabajadora, cuando fue propuesto por primera vez en 1910.
Sin embargo, la posición marxista sobre la opresión es a menudo atacada. Una de las personas que arremete contra el marxismo es Silvia Federici. Este artículo aborda los principales puntos que plantea Federici sobre las mujeres y el rol que desempeñan en la familia bajo el capitalismo, y defiende el verdadero legado revolucionario del marxismo y su posición sobre la mujer.
NOTA: este artículo es un extracto de un trabajo que será extendido y republicado posteriormente.
Comunismo y opresión
“La vida es hermosa. Que las generaciones futuras la limpien de todo mal, opresión y violencia, y la disfruten plenamente”. —León Trotsky
Estas palabras de Trotsky capturan la esencia de aquello por lo que luchan los comunistas. Para nosotros, la lucha contra la opresión nunca ha sido una cuestión secundaria.
Marx y Engels dieron una explicación científica de la opresión de la mujer, trazando sus raíces hasta el surgimiento de la propiedad privada y las divisiones de clase. Ellos demostraron que el camino para liberar a las mujeres de la subordinación a los hombres pasa por la lucha contra la sociedad de clases en sí misma.
Fue la socialista Clara Zetkin quien propuso el Día Internacional de la Mujer Trabajadora en 1910. El objetivo era vincular la lucha por el sufragio y los derechos democráticos a la lucha contra el capitalismo.
Venimos de las tradiciones del bolchevismo y de la Revolución Rusa, que comenzó cuando las mujeres de las fábricas textiles de Petrogrado se declararon en huelga en el Día Internacional de la Mujer Trabajadora.
El Estado soviético introdujo la plena igualdad jurídica, la igualdad salarial, el derecho al aborto y al divorcio. Se propuso reemplazar el trabajo doméstico privado mediante el cuidado infantil socializado, las cocinas comunitarias y los servicios públicos.
Pese a que la guerra civil, el atraso económico y el aislamiento impidieron que estos planes se materializaran plenamente, la revolución demostró lo que es posible una vez que el capitalismo es derrocado.
Calibán y la bruja
A pesar de este orgulloso historial, es habitual escuchar ataques contra los comunistas y la posición marxista sobre la opresión, incluidas las acusaciones de que los marxistas son “reduccionistas de clase” que consideran la lucha por la liberación de la mujer como algo secundario.
Entre las críticas más destacadas se encuentra Silvia Federici, quien argumenta que el marxismo no logra explicar adecuadamente la opresión de la mujer e ignora el trabajo reproductivo de las mujeres.
En su obra más célebre, Calibán y la bruja, Federici afirma que los marxistas no ofrecen una explicación satisfactoria de las raíces de la explotación social y económica de las mujeres bajo el capitalismo. Según ella, el capitalismo intensificó los roles de género y profundizó la división del trabajo entre los sexos.
Calibán y la bruja se centra en la transición del feudalismo al capitalismo. Federici retoma la teoría de la acumulación primitiva de Marx: el proceso histórico que implicó la creación forzosa de trabajadores libres (es decir, proletarios, en contraposición a siervos atados a la tierra), una condición necesaria para la producción capitalista.

De acuerdo a Federici, Marx examinó esto únicamente desde el punto de vista del proletariado masculino asalariado y el desarrollo de la producción de mercancías. Ella, en cambio, analiza el impacto que tuvo sobre las mujeres, su posición en la sociedad y la producción de fuerza de trabajo.
Federici sostiene que la introducción del capitalismo creó un nuevo orden patriarcal, basado en la exclusión de las mujeres del trabajo asalariado y su subordinación a los hombres, convirtiendo a las mujeres en máquinas para la reproducción de la fuerza de trabajo.
Para establecer este nuevo orden, la clase dominante utilizó la caza de brujas para disciplinar los cuerpos de las mujeres, algo que Federici argumentó fue tan importante para el desarrollo del capitalismo como la colonización y la expropiación del campesinado europeo.
¿Ignoró Marx a las mujeres?
La aseveración de Federici de que Marx y Engels ignoraron el trabajo reproductivo de las mujeres es simplemente falsa. En varios de sus escritos señalan que las mujeres fueron traídas al mercado laboral, teniendo un impacto directo en la familia.
En El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, Engels explicó que durante la sociedad esclavista en la Antigua Grecia, la familia monógama se convirtió en la unidad económica de la sociedad. La esposa pasó a ser la principal sirvienta, excluida de toda participación en la producción social.
No fue sino hasta la llegada de la gran industria moderna que las mujeres proletarias tuvieron acceso a la producción social.
Sin embargo, si la mujer estaba atada al hogar, permanecía excluida de la producción pública, incapaz de ganar dinero. Y si se incorporaba a la fuerza de trabajo, las obligaciones familiares inevitablemente se veían afectadas.
“La familia individual moderna está fundada en la esclavitud doméstica abierta o encubierta de la mujer”, explicó Engels, “y la sociedad moderna es una masa compuesta de las moléculas que son estas familias individuales”.
Engels argumentó que la liberación de la mujer requería abolir la familia como unidad económica mediante la socialización del trabajo doméstico: proveyendo cuidado infantil, lavanderías y comedores como servicios públicos.
Federici, en cambio, exige salarios por el trabajo doméstico, argumentando que esto reconocería el trabajo doméstico como “trabajo real”.
Federici malentiende cómo funciona el capitalismo y el papel de la familia dentro de él. Parte de lo que determina el salario de los trabajadores, como cualquier otra mercancía, es el tiempo de trabajo necesario para producir y reproducir la fuerza de trabajo.
“El valor de la fuerza de trabajo no estaba determinado solo por el tiempo de trabajo necesario para mantener al trabajador adulto individual”, explicó Marx, “sino también por el necesario para mantener a su familia”.
Es de interés del capitalista explotar a los trabajadores lo más posible. Si pudieran pagar a los trabajadores un penique por su fuerza de trabajo, lo harían. Pero el problema es que los trabajadores no sobrevivirían, ni mucho menos se reproducirían, con un salario semejante.
Los salarios no se determinan de forma mecánica, sino que son afectados por la lucha de clases. Si el descontento aumenta, debido al deterioro de las condiciones y los salarios, los capitalistas corren el riesgo de entrar en conflicto con sus trabajadores.
Los capitalistas, por tanto, pagan lo menos que les es posible, lo que corresponde a lo necesario para reproducir a la clase trabajadora, es decir, para que los trabajadores puedan mantener a sus familias. Por ello, es incorrecto afirmar que el trabajo doméstico es simplemente “no remunerado”.
Los salarios por el trabajo doméstico afianzarían aún más el aislamiento de las mujeres en el hogar. Si el Estado ofreciera prestaciones para compensar a las mujeres por el trabajo doméstico, reforzaría la idea de que las tareas del hogar son inherentemente responsabilidad de las mujeres.
Además, el costo de la reproducción de la fuerza de trabajo quedaría cubierto por el Estado, que se financia principalmente con los impuestos de la clase trabajadora. Con el tiempo, los capitalistas reducirían los salarios como consecuencia, ya que el Estado estaría, efectivamente, complementando los salarios de las familias trabajadoras.
Los comunistas están firmemente a favor de la independencia económica de las mujeres. Pero en lugar de plantear consignas que aislarían a las mujeres en el hogar, los comunistas exigen salarios más altos, igualdad salarial y mejores condiciones de trabajo.
Luchamos por educación, el cuidado infantil, los servicios sociales y sanitarios, todos gratuitos, y por una vivienda mejor y asequible: demandas que mejorarían materialmente la situación de las mujeres y las harían menos dependientes económicamente de los hombres.
La Ilustración y la caza de brujas
Como una auténtica posmodernista, Federici cuestiona el carácter progresista del Renacimiento y la Ilustración.
Federici considera que estos representaron un cambio de un paradigma “orgánico”, enraizado en el espiritualismo y las creencias animistas, hacia una cosmovisión mecanicista que legitimó la explotación de las mujeres y la naturaleza.
Ella sostiene que el surgimiento del Estado burgués necesitaba combatir las creencias y prácticas precapitalistas, y argumenta que la Era de la Razón sirvió como justificación para disciplinar los cuerpos de las mujeres y la fuerza de trabajo.
Federici argumentó que:
“El cuerpo tenía que morir para que la fuerza de trabajo pudiera vivir. Lo que murió fue el concepto del cuerpo como receptáculo de poder mágico que había prevalecido en el mundo medieval. En realidad, fue destruido. En el trasfondo de la nueva filosofía encontramos una vasta iniciativa del Estado, a partir de la cual fue catalogado como un crimen lo que los filósofos clasificaban como ‘irracional’. Esta intervención estatal fue un ‘subtexto’ necesario de la Filosofía Mecánica. El ‘conocimiento’ solo puede convertirse en ‘poder’ si puede imponer sus prescripciones. Esto significa que el cuerpo mecánico, el cuerpo-máquina, no podría haberse convertido en modelo de comportamiento social sin la destrucción por parte del Estado de un vasto conjunto de creencias, prácticas y sujetos sociales precapitalistas cuya existencia contradecía las normas de comportamiento corporal prometidas por la filosofía mecánica. Por eso, en el apogeo de la ‘Era de la Razón’, la época del escepticismo y la duda metódica, asistimos a un feroz ataque al cuerpo, ampliamente respaldado por muchos de los que suscribían la nueva doctrina”.
Continúa diciendo: “Así es como debemos leer el ataque contra la brujería y contra la visión mágica del mundo que, a pesar de los esfuerzos de la Iglesia, había continuado prevaleciendo a nivel popular a lo largo de la Edad Media.”
Federici describe la caza de brujas como un ataque genocida contra las mujeres, como una herramienta para quebrar su poder social, destruir el conocimiento comunal e imponer nuevas normas de género mediante el terror.
Ella cree que no hay nada progresista en el desarrollo del capitalismo.
El problema con su argumento es que las cazas de brujas comenzaron mucho antes de la Ilustración. La caza de brujas tuvo lugar durante el período de decadencia feudal. La fase más activa de los juicios de brujas en Europa transcurrió entre 1560 y 1630.
El Estado, que estaba profundamente entrelazado con la Iglesia, pilar fundamental de la clase dominante bajo el feudalismo, necesitaba consolidar su dominio durante un período de convulsión y crisis. Federici no señala que muchos de los filósofos burgueses revolucionarios del Renacimiento y la Ilustración fueron ellos mismos blanco de la Iglesia y el Estado, porque criticaban la autoridad eclesiástica y sus ideas contradecían lo establecido en la Biblia.
De hecho, es durante el período de la Ilustración, a partir de aproximadamente 1680, cuando comenzó a establecerse el dominio de la burguesía, que las cazas de brujas empezaron a declinar.
El progreso en la historia
Federici critica a Marx por argumentar que el desarrollo capitalista era históricamente necesario para preparar las condiciones de la liberación humana. Escribe que Marx no habría hecho tal afirmación de haber examinado la historia desde el punto de vista de las mujeres.
Para citar directamente a Federici:
“Por tanto, no podemos identificar la acumulación capitalista con la liberación de los trabajadores, mujeres u hombres, como han hecho muchos marxistas (entre otros), ni ver el advenimiento del capitalismo como un momento de progreso histórico. Por el contrario, el capitalismo ha creado formas de esclavitud más brutales e insidiosas, en la medida en que ha sembrado en el cuerpo del proletariado profundas divisiones que han servido para intensificar y encubrir la explotación. En gran parte es gracias a estas divisiones impuestas, especialmente entre mujeres y hombres, que la acumulación capitalista continúa devastando la vida en cada rincón del planeta”.
Por supuesto, la sociedad capitalista, al igual que todas las sociedades de clase anteriores, se basa en la opresión de las mujeres.
Lo que Marx sostuvo fue que, con la incorporación de las mujeres al trabajo fuera del hogar, el capitalismo creó la base material para la liberación de las mujeres; no que esta liberación ocurriría realmente bajo el capitalismo.
Aunque el capitalismo nunca podrá liberar a las mujeres, en su momento desempeñó un papel progresista en la historia. El capitalismo desarrolló masivamente las fuerzas productivas, lo que creó los recursos y la tecnología que podrían utilizarse para liberar completamente a las mujeres del trabajo doméstico.

Nosotros juzgamos algo como progresista según si ha hecho avanzar a la sociedad y ha desarrollado las fuerzas productivas.
En este sentido, el capitalismo —al crear una economía mundial interconectada, gestionada por monopolios multinacionales y sustentada por el trabajo de la clase obrera— ha creado las condiciones materiales para el socialismo.
Hoy en día existen los recursos para erradicar completamente el hambre, la pobreza, la desigualdad y la escasez. Tenemos la capacidad de producir suficientes alimentos, vivienda, educación gratuita y salud para todos. Los recursos, la tecnología y la ciencia existen para acabar con el peso de las tareas domésticas.
Lo que nos impide lograrlo, bajo el capitalismo, es que los trabajadores no controlan ninguno de estos gigantescos recursos. Es una cuestión de propiedad privada, de quién posee los medios de producción.
La solución es poner a la clase obrera en el poder para que podamos planificar la sociedad de acuerdo con nuestras necesidades.
Eso no significa que neguemos el sufrimiento humano a lo largo de la historia del capitalismo. Marx dijo que el capitalismo nació “chorreando sangre y lodo por todos los poros, de la cabeza a los pies”.
El punto es alcanzar una comprensión correcta de por qué el capitalismo funciona como lo hace, y armarnos con una teoría para cambiar el mundo.
¿Podría la humanidad haber saltado el capitalismo?
Lamentablemente, eso no es lo que se obtiene de la lectura de Calibán y la bruja. La conclusión es que el capitalismo no era necesario y que las mujeres tenían una posición comparativamente mejor en la sociedad feudal.
Federici argumenta que los siervos mantenían una relación de clase más favorable con la clase dominante de la que los trabajadores tienen bajo el capitalismo.
Su argumento es que los siervos tenían su propia parcela de tierra, lo que les otorgaba mayor independencia respecto a los terratenientes y una mejor posición para luchar contra ellos. Ella afirma que las siervas eran menos dependientes de los parientes varones que las mujeres bajo el capitalismo.
Pero la opresión ha sido una característica constante de la sociedad de clases. Engels explicó que el surgimiento de la familia patriarcal, junto con el desarrollo de las clases y la propiedad privada, representa la derrota histórica mundial del sexo femenino:
“El hombre tomó el mando en el hogar; la mujer fue degradada y reducida a la servidumbre, se convirtió en esclava de su lujuria y en un mero instrumento para la producción de hijos”.
En la Europa dela temprana Edad Media, el marido era considerado legalmente el cabeza de familia. La identidad jurídica de la mujer estaba vinculada a su padre o a su marido.
Federici también dedica una atención considerable a las revueltas campesinas. Según ella, los amplios movimientos sociales comunitarios e igualitarios podrían haber sido alternativas exitosas al feudalismo:
“El desarrollo del capitalismo no fue la única respuesta posible a las crisis del poder feudal. Por toda Europa, amplios movimientos sociales comunalistas y rebeliones contra el feudalismo ofrecieron la promesa de una nueva sociedad igualitaria fundada en la igualdad social y la cooperación”.
El capitalismo fue la contrarrevolución que aplastó estas alternativas.
De haber triunfado las revueltas campesinas, Federici sugiere, la humanidad podría haber evitado la inmensa destrucción asociada al desarrollo capitalista.

A lo largo de la Edad Media, estas sublevaciones expresaban el callejón sin salida del feudalismo y el descontento de las masas. Muchos se orientaban hacia ideas comunistas, a menudo bajo el ropaje del milenarismo religioso. Pero a pesar de su lucha, las revueltas acabaron en aplastantes derrotas.
La razón por la que las revueltas campesinas, por sí solas, no podían acabar con los señores feudales se debe a su posición de clase, que les impedía desempeñar un papel independiente en la transformación social.
No fue hasta el surgimiento de la clase capitalista y las revoluciones burguesas que el sistema feudal fue derrocado.
Y lo más importante: las condiciones materiales para establecer una sociedad libre de opresión, explotación de clase y Estado no existían durante el feudalismo.
Para liberar a la humanidad de los males de la sociedad de clases debes eliminar primero las condiciones que le dan origen.
Es vital acabar con la escasez desarrollando rápidamente la economía. En aquella época, la productividad del trabajo era demasiado baja para permitir esto y el campesinado no disponía de los medios para lograrlo durante el feudalismo, pues estaba completamente atado a la tierra para su subsistencia.
Crítica a Marx
En Una crítica feminista a Marx, Federici continúa criticando la necesidad del capitalismo. Argumenta que Marx debe estar equivocado cuando pensó que el capitalismo sentaría las bases de la liberación a través del desarrollo de las fuerzas productivas porque ahora contamos con maquinaria e industria desarrolladas y, sin embargo, las personas siguen estando oprimidas.
Para citar a la propia Federici:
“Propongo que Marx ignoró el trabajo reproductivo de las mujeres porque siguió casado con una concepción tecnologicista de la revolución, donde la libertad llega a través de la máquina; donde se asume que el aumento de la productividad del trabajo es la base material del comunismo; y donde la organización capitalista del trabajo es vista como el modelo más elevado de racionalidad histórica, erigido como referente para toda otra forma de producción, incluida la reproducción de la fuerza de trabajo. En otras palabras, Marx no supo reconocer la importancia del trabajo reproductivo porque aceptó los criterios capitalistas sobre lo que constituye trabajo y creyó que el trabajo industrial asalariado era el escenario en el que se libraría la batalla por la emancipación de la humanidad”.
Federici no ve a la clase obrera (que ella entiende únicamente como trabajadores varones blancos) como una fuerza revolucionaria. Ella cree que es imposible luchar contra la opresión sobre una base de clase.
¿Por qué los marxistas enfatizan el papel de la clase obrera? Porque los trabajadores son la única clase que tiene el poder de amenazar los beneficios de los capitalistas al negar su fuerza de trabajo.

Hemos visto a lo largo de la historia —desde la Comuna de París en 1871, hasta la Revolución Rusa de 1917 y hasta la huelga general en Italia el año pasado—, que, cuando la clase obrera decide movilizarse, es una fuerza a considerar.
Gracias a su posición en la sociedad los trabajadores desarrollan una conciencia colectiva. La única forma en que los trabajadores pueden luchar por mejores condiciones y salarios es organizándose juntos. Y como son quienes mantienen en marcha la sociedad, también son la clase que, mediante la revolución, puede tomar el poder y gestionar la economía según sus propias necesidades.
El capitalismo, a través del desarrollo de la clase obrera y la gran industria, ha creado esta fuerza: los sepultureros que pueden acabar con la sociedad de clases de una vez por todas.
Mujeres de la clase trabajadora
Federici es incapaz de comprender el papel que desempeñan las mujeres de la clase trabajadora bajo el capitalismo. Argumenta que la incorporación de las mujeres al trabajo asalariado solo ha producido una “doble opresión” y concluye que luchar por el trabajo asalariado no puede ser un camino hacia la liberación.
Federici afirma que la incorporación de las mujeres al mercado laboral no ha resuelto la opresión porque las mujeres siguen siendo menos remuneradas que los hombres, quienes, según ella, tienen interés en mantener la opresión, ya que les beneficia tanto en el trabajo como en el hogar:
“En primer lugar, luchar por el trabajo asalariado o luchar para ‘incorporarse a la clase obrera en el lugar de trabajo’, como a algunas feministas marxistas les gustaba plantearlo, no puede ser un camino hacia la liberación. El trabajo asalariado puede ser una necesidad, pero no puede ser una estrategia política coherente. Mientras el trabajo reproductivo esté devaluado, mientras sea considerado un asunto privado y responsabilidad de las mujeres, las mujeres se enfrentarán siempre al capital y al Estado con menos poder que los hombres, y en condiciones de extrema vulnerabilidad social y económica”.
La solución de Federici es “recuperar el control sobre las condiciones materiales de la reproducción” y crear nuevas formas de cooperación en torno a este trabajo “fuera de la lógica del capital y del mercado”. Ella argumenta que este proceso ya ha comenzado a través de ocupaciones de tierras, agricultura urbana, agricultura con apoyo comunitario, ocupaciones de viviendas, sistemas de trueque, redes de ayuda mutua e iniciativas de salud alternativa:
“Está comenzando a emerger una nueva economía que puede transformar el trabajo reproductivo de una actividad agobiante y discriminatoria al terreno más liberador y creativo de experimentación en las relaciones humanas”.
El tipo de activismo que propone no es nuevo y nunca ha llegado a ser más que una actividad marginal de bienhechores de clase media. Es utópico creer que es posible construir una alternativa a la familia y acabar con la opresión sin una revolución social y sin organizar a la clase obrera en su conjunto.
En segundo lugar, los hombres de la clase trabajadora no se benefician de la opresión de las mujeres. La opresión es una herramienta utilizada por la clase dominante para mantener bajos los salarios y las condiciones de toda la clase trabajadora. Está en el interés de los capitalistas mantener los salarios de las mujeres más bajos, ya que esto aumenta la explotación en general. Tener sectores de la fuerza de trabajo con salarios más bajos permite a los capitalistas presionar a todos los trabajadores para que acepten peores condiciones bajo la amenaza de ser reemplazados.
La opresión es la principal herramienta para dividir a la clase obrera, alentando a los trabajadores a verse mutuamente como sus enemigos, en lugar de ver el sistema capitalista como tal. Los hombres de la clase obrera, por tanto, tienen mucho más que ganar luchando por la igualdad que manteniendo la opresión.
Lucha de clases
La integración de las mujeres en la clase trabajadora es un acontecimiento profundamente progresista, ya que refuerza su posición en la sociedad. Es a través de la lucha unida de toda la clase obrera, con las mujeres desempeñando frecuentemente papeles protagónicos, que las reformas han sido conquistadas históricamente.
Hoy en día, la mayoría de las mujeres en Occidente son formalmente iguales a los hombres ante la ley. Tienen derecho al voto, al divorcio, al aborto y a criar hijos de manera independiente. A través de la obtención de un salario, las mujeres han logrado un grado de independencia económica. La expansión de los servicios públicos ha socializado parcialmente algunos aspectos del trabajo doméstico.
Todo esto ha aliviado, en cierta medida, la opresión de las mujeres bajo el capitalismo.

Este progreso no tiene nada que ver con la ideología capitalista ni con los llamados “valores occidentales”. Está enraizado en acontecimientos concretos y en la lucha de clases.
Entre 1914 y 1918 casi dos millones de mujeres se incorporaron al mercado laboral en Gran Bretaña. Esto fortaleció drásticamente la posición social de las mujeres.
No fue casualidad que la oleada de agitación revolucionaria tras la Revolución Rusa presionara a los Gobiernos capitalistas para que concedieran reformas, incluido el sufragio femenino.
Los servicios públicos y el Estado de bienestar no fueron regalos de los capitalistas, fueron concesiones arrancadas por la inmensa presión de una clase trabajadora radicalizada por la guerra y las penurias. En los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial Gran Bretaña experimentó importantes oleadas de huelgas que sacudieron al país.
Para encauzar este malestar social hacia vías seguras la clase dominante concedió reformas. Pudieron hacerlo gracias al auge económico de la posguerra. De hecho, la expansión del Estado de bienestar sirvió en parte a los intereses capitalistas, pues liberó a más mujeres para convertirse en trabajadoras susceptibles de ser explotadas.
El cambio de actitudes sociales hacia las mujeres refleja estos cambios en las condiciones materiales.
Esto refuta directamente el rechazo de Federici al desarrollo de las fuerzas productivas. Es precisamente en aquellos países donde las fuerzas productivas se han desarrollado más, y donde los sistemas de bienestar se han expandido de manera más significativa, donde las mujeres han experimentado las mayores mejoras.
Bajo el capitalismo los logros nunca están garantizados, especialmente en períodos de crisis. Hemos visto cómo la clase dominante utiliza las guerras culturales tóxicas para desviar el descontento de los trabajadores con el sistema.
En los últimos años los derechos democráticos, como el acceso al aborto, han sufrido renovados ataques. A diferencia de períodos anteriores en los que el capital tenía margen para hacer concesiones, hoy las reformas significativas que mejorarían sustancialmente las vidas de los trabajadores están descartadas.
A medida que el Estado de bienestar se erosiona las mujeres se ven desproporcionadamente afectadas. Ellas representan la mayoría de los trabajadores del sector público que se enfrentan a recortes y soportan una mayor carga en el hogar a medida que los servicios públicos son retirados.
La historia demuestra, en contra del argumento de Federici, que la lucha de clases unificada es el método más poderoso tanto para conquistar reformas como para, en última instancia, abolir la opresión, la explotación y la miseria de una vez por todas.
Por eso es tan importante recuperar la historia revolucionaria del Día Internacional de la Mujer Trabajadora, y seguir el ejemplo de las mujeres trabajadoras rusas que iniciaron la Revolución Rusa.
A diferencia de Federici, que tiende a retratar a las mujeres trabajadoras como víctimas, nosotros las vemos como combatientes de clase, quienes desempeñarán un papel fundamental en la lucha por el comunismo.